I TRAIL COSTA DOCE
(ainda que o prezo era 15)
by
LA VELOZ VIBORITA
¿Cómo reflejar en unas cuantas líneas lo vivido el pasado domingo en la I
Edición del Trail Costa Doce? ¿Cómo explicar lo que sentí en la salida, en el
monte y en la meta? Imposible, imposible expresarlo simplemente con palabras.
Mi historia en el monte comienza un día que, de repente, sin saber muy bien
cómo, me vi con unas zapatillas despejando la cabeza, saltando charcos y
llenándome de barro en los montes que rodean Santiago de Compostela. De esto
hace nada, apenas medio año en el que escuchaba a unos y otros hablar de
desnivel y decía: ¿de qué están hablando?
En esto de ir a correr por el monte todo es empezar y cuando quieres
pensarlo ya estás “en el lado oscuro”. Sin darte cuenta acabas apuntándote a
alguno de los trails que van saliendo y conoces a “montunos” de esos que, tú
vas en una bajada arrastrando las mallas por el suelo, encomendándote a alguna
deidad divina en la que no sabes si crees para llegar entero al fondo de la
cuesta, mientras que ellos van gritando lo de “derechaaaaa” “vaaaaamos”, riendo, jaleando y pegando saltos por el
aire. Piensas: tropa de tarados, os vais a matar!!! Pero en el fondo, sientes esa
envidia sana y deseas poder saltar y reír de la misma manera.
Así comencé yo, como quien dice anteayer, con esas ganas de pasármelo bien.
Un día alguien te anima para meterte en la “aventura” de hacer 25 km,
metros arriba metros abajo, por los montes de Sada, va a haber un trail por esos
montes y está ahí la opción. Punto primero: meditemos, ¿voy no voy?, y si voy ¿a qué distancia: mini o trail? Pues ya de ir,
vamos al trail, pero…. ¿seré capaz de hacer 25 km por esos montes?. Punto
segundo: sigamos meditando, sólo lo sabré
si me apunto y lo intento. Eso sumado a cierta “ayuda externa”, de esa en
la que alguien dice: al trail sí o sí (no
es negociable), hace que te anotes a los casi 25 kilómetros más contenta
que un niño con una piruleta.
Y llegó el domingo 24 de enero, el día en que estrené una camiseta de esas
que “cobran vida”, sí…que sí, que no es tela sin más, que os digo yo que está
viva, no creáis que tengo falta de oxígeno en el cerebro derivada del esfuerzo
del trail y que, como consecuencia de eso, estoy desvariando. Me explico, es
una camiseta que te “acoge” que te arropa, de esas camisetas que, de pronto, en
el monte sientes que tiene brazos que te sujetan cuando te vas a caer y tiran
de ti cuesta arriba. Cuesta abajo esos brazos también te dan algún empujoncito
suave, muy suave, porque son conscientes de que aún te puede el miedo. Esa
camiseta en el monte también tiene piernas, unas piernas en las que te puedes
apoyar cuando las tuyas flaquean. Una camiseta que te anima y respira en los
pulmones y el aliento de cada uno de los compañeros que el domingo, en la
salida, en cada camino o en la meta te animaban y te abrazaban. CAS de
Montaña!.
Intentemos centrarnos, aunque como os dije, difícil, muy difícil escoger
las palabras o no perderse contando sensaciones “a feixes” que me asaltaron.
Madrugón en Santiago un domingo después de levantarse temprano toda la
semana, y, como no puede ser de otra manera, un clásico que todos conocemos, lo que escuchas siempre que madrugas para
poner zapatillas: estás como una cabra,
con lo bien que se está en cama, si descansases, etc... Camino en el coche
hasta Sada y música, como no: Marea, Rosendo, Extremoduro, entre otros muchos, en
resumen: la música de “mis peludos”.
Llegas a Sada y ves a los compañeros y amigos de la organización currando a
tope, destornillador en mano, tijeras, transportando vallas, levantando el arco
de salida y meta, en definitiva, organizando los últimos detalles para que todo
sea PERFECTO.
Observas, recoges el dorsal, charlas con los compañeros que van llegando y
así va pasando el tiempo hasta que empiezas a escuchar la charla de lo que te
vas a encontrar en el camino. Una voz interior te dice MOOOOOOOOLA.
Pummmm salida y ahí llegan los tan esperados kilómetros por el monte,
subiendo, bajando, siendo consciente del dolor de piernas que te vas a ganar y
de lo bien que te lo vas a pasar. Se me pasaron los primeros kilómetros en un
suspiro porque mi cabeza tenía en mente dos cosas: el talud y la bajada a la
playa, dos obstáculos de los que, el señor director técnico de carrera, nos
había advertido minutos antes de salir. Al tiempo que iba mirando el paisaje y
las vistas al mar espectaculares que hay en los primeros kilómetros, iba
pensando: Ángeles ¿cómo te las vas a
arreglar tú para saltar un talud con dos tronquitos de nada en medio? Y…lo que es aún peor han dicho que se baja a
una playa con una cuerda…uffffff.
¿Creéis que iba echando las cuentas de los moratones que me iba a hacer o
de los dientes que me iba a dejar en los cantos rodados? Pues no, iba pensando:
dignidad ehhhh, lo saltas porque lo
saltas y bajas porque bajas porque no hay opción. Magia, llega el talud y
lo saltas, como puedes, pero lo saltas, y llega la bajada a la playa y bajas,
como puedes, pero bajas. La sensación de satisfacción al verte en los cantos
rodados y de pie no tiene precio. Esto ya
está, esto está hecho….jajajaja, en el fondo aún quedan muchos kilómetros,
mucho que pelear pero dices esto
está hecho.
Los kilómetros pasan, subes y bajas y no dejas de mirar a tu alrededor cada
vez que en el horizonte se ve el mar o un hermoso paisaje, lo cual sucede casi
todo el camino. Las piernas empiezan a quejarse pero IMPOSIBLE VENIRSE ABAJO.
Cuando menos te lo esperas, aparece un compañero que te “empuja” con su ánimo y
su fuerza. En los avituallamientos, en los controles de dorsales, en cada
rincón, nunca vas solo, siempre hay alguien que te “empuja”.
En un determinado momento, y voy a empezar a hablar de mi en primera
persona del singular, llegué a perder la noción del tiempo, normal, demasiado a
lo que atender: los ánimos, el mirar al suelo (aún estoy en fase mira bien
donde pones los pies y acabaré con una buena “joroba”), el mirar al horizonte,
el “creo que la bajada a la playa y mi habilidad con la cuerda me han dejado un
dolor de piernas estupendo”, el “que bien me lo estoy pasando”, el…el…el…el
TODO.
Pasado el puente de madera después de la playa, ese puente resbaladizo, me
encuentro con otra camiseta de esas que cobra vida, otra de esas camisetas de
las que os hablé antes. Y desde ahí hasta el final compartes “penas y
alegrías”, unos metros delante o detrás, cuentas las cuestas, haces cábalas muy
graciosas en las que, queda patente que yo he perdido la noción del tiempo
cuando digo aquello de nos quedan unas
dos horas, y el compañero me mira con cara un poco desencajada teniendo en
cuenta que faltaban unos 7 kilómetros.
¿Qué se siente? Pues se siente PURA VIDA, PURA ENERGÍA que pasan por encima
del cansancio. Lo que no se siente en ningún momento son ganas de parar o de
tirar la toalla.
¿Qué se siente? Que pese a que tendrás unas agujetas de caballo un par de
días ya estás pensando en ganarte las siguientes.
¿Qué se siente? Ves la meta y dices pues pude, ves la meta y a Luis que te
sonríe, te escanea el dorsal y te felicita. Sientes PUDE.
¿Qué se siente? Ganas de abrazar a los que ya llegaron, a los que te
animaron, a los que te decían tú puedes las semanas previas y a los que quedan
por llegar. Y abrazas a todos los que te vas encontrando.
¿Qué se siente? Ganas de reír.
¿Qué se siente? Que el monte te ha atrapado, que ya eres del monte aunque
te falta todo por aprender.
Subir al pódium sabiendo que, a quienes te animaron a esta aventura y a la
aventura del monte les hacía ilusión verte ahí, es una sensación que
experimenté por primera vez en todo el tiempo que llevo colgándome dorsales en
la camiseta.
¿Qué se siente? FELICIDAD.
Agradecer a la organización, voluntarios y compañeros, currantes
ejemplares, el enorme esfuerzo hecho en estos últimos meses y el esfuerzo
titánico de los días previos para que pudiésemos disfrutar de un día en el que
TODO SALIÓ PERFECTO.
Gracias, gracias y más gracias por esa camiseta con brazos y piernas y por
el maravilloso recuerdo de la primera edición del Trail Costa Doce.
Firmado:
Ángeles Vázquez Suárez
Asfaltera reconvertida a aprendiz de montuna sin camino de retorno
previsible