CRONICA DE UN DEBUTANTE EN LA XTREME LAGOS DE COVADONGA
(by Juanjo)
Aunque a alguien de
números como yo no le hace mucha gracia lo de escribir una crónica, recojo de
buena gana el guante que me lanzó Alberto, y sin que sirva de precedente intentaré
contar mi experiencia en la “IX Xtreme Lagos de Covadonga”, la ocasión bien lo
merece.
Quiero empezar
estas líneas el día donde empezó todo, el martes 2 de junio, estaba estirando
después del entrenamiento en el paseo marítimo charlando con Begoña y me animó
a apuntarme al Trail del Mandeo ese mismo fin de semana. A pesar de que ya
estaba cerrada la inscripción mandé un correo electrónico y para mi sorpresa me
admitieron en la prueba, no guardo muy buen recuerdo de ese día porqué tuve que
arrastrarme los cuatro últimos kilómetros creo que con calambres en cada uno de
los músculos de mis piernas. Sin embargo, ese día fue la primera vez que me
hablaron de la prueba de Los Lagos, y poco a poco, no sé cómo me fui animando.
Un buen día, a
finales de junio, me llegó un mensaje de Bea “dice Alberto que si te animas a
la Xtreme que hables con Jorge, te vas a quedar sin alojamiento”, y sin
pensarlo muy bien me apunté. Al día siguiente me llegó un correo electrónico de
Alberto, “hay que pagar ya las habitaciones para no tener problemas si alguien
se da de baja”, si señor para dejarlo bien amarrado, por si me arrepentía, y
pagué, así que ya no había vuelta atrás, no quedaba otra que ponerse a entrenar.
A partir de ese
momento dos sesiones de Roteiro a la semana, la mayor parte con Bea, en el
grupo de rezagados de las 9 de la noche, y por supuesto domingo sí domingo
también madrugón a las 7 de la mañana y a subir la Espenuca, la mayor parte de
los días con Fede, ¡que buen compañero de entrenos!, y los que se nos iban
uniendo Carlos, Iago, Miguel C., Grinch, Jesús en las salidas…, hasta tuve el
gran honor de que en el último entrenamiento, el domingo previo a la carrera me
acompañara el “Presi”. Dentro de la programación hubo tiempo para ir al “Trail
Terras de Pondal” en Ponteceso y al “Trail de As Pontes”, los últimos dos fines
de semana de agosto, y las sensaciones
no fueron del todo malas, lo que me permitió encarar las últimas semanas
de preparación con cierto optimismo. Creo que a estas alturas ya me había
pasado al lado oscuro, eso deduzco porque en las quedadas con los amigos para
la tapa del domingo siempre acababa saliendo en la conversación la aventura del
día, no tengo claro si se aficionarán también a la montaña o empezarán a tomar
la tapa en otro sitio.
Y por fin, llega el
gran día, suena el despertador a las 6:45 (menos mal que no hay que coger autobús
para llegar a la salida), y para mantener rutinas un buen desayuno, una duchita
reparadora y a equiparse sin prisa pero sin pausa, habíamos fijado como hora de
salida las 7:45. Cinco minutos antes de la hora prevista salgo del apartamento,
Ana y los niños quedaban apurando las últimas horas de sueño, el día iba a ser
largo, y como todo el fin de semana la logística de nuestros compañeros del CAS
impecable, la furgoparty de Alberto, el siete plazas de Felipe, y el coche de
Luis con el pequeño Eric para dar ánimos a Blanca listos para partir dirección
al punto de salida. Llegamos al Repelao con tiempo suficiente, ya estaban allí
todos los corredores que habían subido en los autobuses, y muy curiosas fueron
las caras al vernos salir a todos de los coches. Esto se repitió durante toda
la carrera, cada vez que llegábamos a un avituallamiento escuchábamos “ahí
viene otro de Sada, ¿pero cuantos habéis venido a correr?”, je, je. Todavía nos
dio tiempo a sacar las fotos conmemorativas, los preparativos de última hora, y
por fin control de dorsales y listos para empezar la aventura.
Ya no había vuelta
atrás, empiezan los nervios y la pregunta de siempre, ¿pero qué narices hago yo
aquí?, suena la música a ritmo de AC/DC y el speaker empieza a animar “¡esas
manos arriba!”, 5, 4, 3, 2, 1, y allá vamos. Un pequeño tramo sobre asfalto, y
ahí nos despiden Luis con su cámara, y el benjamín del grupo, Eric, con los ojos abiertos como platos. Empezamos
a subir por el monte y también nos despiden Alberto y Cris con sus inseparables
Hugo y Tomás, los seis fueron durante toda la carrera la avanzadilla del grupo
de animación. Nos quedamos solos y para abrir boca la subida a la Cruz de
Priena hasta los 750 metros de altura, espectacular caminar por la ladera de la
montaña por la senda que iban abriendo los primeros corredores. Mirando hacia
abajo sentía vértigo, desde allí arriba el Santuario de Covadonga y los coches parecían
de juguete, si tropiezo aquí no paro hasta llegar a Cangas pensaba. Una vez
llegamos a la cima, espectacular también correr un pequeño tramo sobre la
cresta, un poco de bajada y de nuevo empezamos a subir hacia el primer punto de
avituallamiento en el km 7, aquí en el medio de la montaña volvemos a escuchar
gritos de aliento y vemos de nuevo al grupo que nos despidió en la salida con
Hugo y Tomás a la cabeza ondeando la bandera gallega.
Una pequeña subida
y llegamos al avituallamiento, aquí nos esperaba el resto del grupo de
animadores, Carlitos, Jacobo y Ana incluidos. Escucho decir a Beatriz “vais
muchísimo mejor que el año pasado en este punto”, ¡alentador!, cogemos
fuerzas y empezamos la subida hacia los
Lagos de Covadonga por un pequeño tramo de pista forestal hasta adentrarnos de
nuevo en la montaña.
Bordeamos la Vega
de Comeya (todo un espectáculo la inmensa pradera) y cuando comenzamos a subir
hacia el Escaleru volvemos a escuchar gritos, miramos hacia arriba y vemos de
nuevo a la avanzadilla de nuestro grupo de animadores, “vamos que ya tenéis ahí
el Escaleru”. Así es, seguimos subiendo y los ánimos del resto del grupo nos llevan
en volandas hasta el final de la subida. Pasamos por un túnel de unos veinte
metros, las Minas de la Buferrere y delante de nosotros aparece el Lago Ercina,
un regalo para los ojos. Bordeamos el lago hasta acceder a la Vega de Bricial,
cruzamos la Vega de Enol y subimos a la Porra de Enol, el punto más alto de la
carrera (1.260 metros) se me agotan los adjetivos, vosotros mismos…
Comenzamos a bajar
la Porra de Enol, esto marcha bien, voy muy bien de tiempo, así que intento
coger algo de aire, relajarme y disfrutar la bajada.
Pero de repente, “¡Ayyyy!”, “¿un tirón?” me pregunta la chica que viene detrás, “¡el tobillo!, ¡el tobillo!”, si es que no se puede uno relajar ni un momento. No me quiero parar así que camino durante un rato y comienzo a trotar poco a poco con muchas molestias. Unos cuantos kilómetros más adelante, consecuencia de la torcedura, empiezan los primeros calambres en los gemelos y en el cuádriceps, bajo el ritmo y la cabeza empieza a trabajar, “¿para qué sigues corriendo?, si lo mejor que me puede pasar es no llegar al corte,…” pero de repente llega a la última bajada hacía el Santuario de Covadonga con posibilidades de llegar al corte, un bosque con el suelo muy húmedo y plagado de rocas, y aquí entra el gen competitivo, a por todas pienso, empiezo a bajar todo lo rápido que puedo y de repente resbalón, los bastones por el aire y tres metros resbalando montaña abajo. Me levanto y sorprendentemente todo está en su sitio, recojo los bastones y comienzo a caminar, “a la mierda todo”, de repente miro para atrás y veo venir a Bea y un poco más abajo escucho una voz, “!vienen Bea y Juanjo!”, “venga que falta poco”, ya está otra vez Alberto ahí apretando. No sé por qué pero empiezo a correr de nuevo, me cruzo con Alberto que me pregunta cómo voy, “pues bastante mal” le respondo, “no pienses en nada que tienes que llegar al corte, después decides con calma”, y así hago. Bajo a toda velocidad y cuando salgo del bosque a un camino empedrado que llega a la Santina me encuentro a Cris, “¿cuánto queda?”, “nada, 150 metros”, empiezo a esprintar, levanto la cabeza y veo a la jueza a lo lejos que me levanta los brazos pidiendo calma y me dice “tranquilo, llegas sin problema”. Objetivo cumplido, ¡que emoción!. Aquí una pequeña desilusión, pregunto por Ana y los niños y no están, me dice Alberto que a ellos les llevó una hora llegar hasta allí en coche, que el tráfico estaba imposible, así que no me puedo cambiar de opa, intento tranquilizarme y comer algo, pero siento que las cosa no va demasiado bien.
Pero de repente, “¡Ayyyy!”, “¿un tirón?” me pregunta la chica que viene detrás, “¡el tobillo!, ¡el tobillo!”, si es que no se puede uno relajar ni un momento. No me quiero parar así que camino durante un rato y comienzo a trotar poco a poco con muchas molestias. Unos cuantos kilómetros más adelante, consecuencia de la torcedura, empiezan los primeros calambres en los gemelos y en el cuádriceps, bajo el ritmo y la cabeza empieza a trabajar, “¿para qué sigues corriendo?, si lo mejor que me puede pasar es no llegar al corte,…” pero de repente llega a la última bajada hacía el Santuario de Covadonga con posibilidades de llegar al corte, un bosque con el suelo muy húmedo y plagado de rocas, y aquí entra el gen competitivo, a por todas pienso, empiezo a bajar todo lo rápido que puedo y de repente resbalón, los bastones por el aire y tres metros resbalando montaña abajo. Me levanto y sorprendentemente todo está en su sitio, recojo los bastones y comienzo a caminar, “a la mierda todo”, de repente miro para atrás y veo venir a Bea y un poco más abajo escucho una voz, “!vienen Bea y Juanjo!”, “venga que falta poco”, ya está otra vez Alberto ahí apretando. No sé por qué pero empiezo a correr de nuevo, me cruzo con Alberto que me pregunta cómo voy, “pues bastante mal” le respondo, “no pienses en nada que tienes que llegar al corte, después decides con calma”, y así hago. Bajo a toda velocidad y cuando salgo del bosque a un camino empedrado que llega a la Santina me encuentro a Cris, “¿cuánto queda?”, “nada, 150 metros”, empiezo a esprintar, levanto la cabeza y veo a la jueza a lo lejos que me levanta los brazos pidiendo calma y me dice “tranquilo, llegas sin problema”. Objetivo cumplido, ¡que emoción!. Aquí una pequeña desilusión, pregunto por Ana y los niños y no están, me dice Alberto que a ellos les llevó una hora llegar hasta allí en coche, que el tráfico estaba imposible, así que no me puedo cambiar de opa, intento tranquilizarme y comer algo, pero siento que las cosa no va demasiado bien.
A pesar de todo,
después de descansar un rato decido intentarlo, por lo menos unos cuantos
kilómetros más, así que empiezo a subir las escaleras del Santuario de
Covadonga, y de nuevo comenzamos a subir montaña arriba animados por la Guardia
Real que no sé muy bien por qué estaban en la Santina. Tal y como pensaba, no
estaba para echar cohetes, sobre el kilómetro 28 llegamos a una zona de rocas,
paso las primeras sin problemas pero de repente al levantar la pierna calambre
en el cuádriceps, lo intento otra vez y de nuevo calambres, me doy cuenta de
que estoy un poco mareado, esto debe ser el famoso “muro”, así que me siento en
la roca y pienso, hasta aquí hemos llegado. Llegan Miguel y Blanca y me animan,
Blanca me ofrece de todo, ¿frutos secos?, ¿higos?, les digo que soy incapaz de
comer nada, que sigan. Llega el escoba con la persona de la organización que
vigilaba ese punto y les pregunto si queda mucho para el siguiente
avituallamiento, me dicen que queda mucho, que lo mejor es bajar de nuevo a la
Santina o esperar un rato por el vigilante y bajar con él, así que decido hacer
esto último. Me siento a esperar, apago el reloj, y la sensación de fracaso me
empieza a rondar la cabeza. Saco el teléfono y mando un WhatsApp al grupo “me
retiro en el 28”, veo que preguntan cómo va Bea y respondo “va delante de mí,
va muy bien”. Pasan quince minutos y no viene nadie, me encuentro mejor, me pongo
de pie y empiezo a bajar yo solo hacía Covadonga, bajo unos 500 metros y dudo
por donde seguir así que me vuelvo a sentar y saco unas cuantas fotos, el
paisaje lo merece. Busco el perfil de la carrera en el móvil y miro el
siguiente punto de avituallamiento, ¡pues no falta tanto!, ¡si ya pasé lo más
duro!. Me encuentro mucho mejor así que decido seguir adelante, empiezo a subir
de nuevo a muy buen ritmo y de repente me encuentro con el vigilante que viene
de vuelta paseando, “¿eres tú el de antes?”, “pues sí soy yo, me cansé de
esperar y me encuentro mejor así que sigo adelante, ¿queda mucho para el
avituallamiento?”, “lo tienes ahí adelante el problema es que acaban de sacar
las banderas, pero no tienes pérdida, es seguir el camino”. Si, si, seguir el
camino, empiezo a correr y no llegaba nunca, dudas, de repente llego a un punto
y veo al otro lado del valle a los del avituallamiento que habían recogido y se
marchaban con los sacos a cuestas, empiezo a gritarles y no me oyen, así que
empiezo a correr a todo lo que daba. Paso por el aire por una zona de unos
cinco metros de piedras y barro y por fin los alcanzo, “¿de dónde sales?” me
preguntan, “no puedes ir detrás del escoba, lo tienes ahí delante con otro corredor
que va a abandonar”. Empiezo a correr de nuevo y los alcanzo, se sorprende
cuando me ve recuperado y me dice, “van tus compañeros un poco más adelante, dejo
a este chico y os alcanzo en un rato”, una vez más empiezo a correr y me
encuentro a Miguel que iba un poco dolorido de su fascitis, también se
sorprende al verme y entre los dos decidimos seguir adelante. El escoba se une
a nosotros y nos dice que con el ritmo que llevamos llegamos seguro, poco a
poco nos vamos animando, hacemos la subida más dura que nos queda hasta el pico
de las antenas, empezamos a bajar y adelantamos a un corredor con problemas de
estómago, el escoba se queda con él. Nos queda un último “repechu”, lo subimos
bastante bien, y de repente suena el móvil, era Carlos preocupado por nosotros,
“empezamos la última bajada, tres kilómetros, que no desmonten la meta que ahí
vamos”. Nos venimos arriba, empezamos a bajar hacia Cangas de Onís a muy buen
ritmo y nos damos el gustazo de adelantar a un grupo de tres o cuatro
corredores, cuando estamos a punto de salir del bosque vemos que nos esperan
Abenu, Tomás y Hugo con la bandera gallega, “cogerla para entrar en meta” nos
dicen, Hugo nos debe de ver mala cara que nos hace de “sherpa” y nos lleva los
bastones, a estas alturas cualquier ayuda se agradece. Por fin entramos en
Cangas de Onís y ahí nos esperan Jacobo, Carlos y Antía para entrar con
nosotros en meta. Todos juntos hacemos los últimos metros, y cuando estamos
llegando a la última curva vemos a Bea que brazos en alto sale a recibirnos
junto a Carlos.
Justo detrás el
resto de la expedición del CAS animando, hacemos la curva a la derecha y
entramos en la meta plagada de gente ondeando la bandera Gallega y los brazos
en alto. Abrazo con Miguel, que buena compañía en los últimos 12 kilómetros,
posiblemente de no habernos encontrado no habríamos llegado ninguno de los dos,
gracias a eso “somos finishers”.
El fin de semana no
acabó aquí, todavía quedaba la espicha con Alberto como maestro parrillero, eso
sí con susto incluido como no podría ser de otro modo en un evento con tantos
niños. Mientras estábamos disfrutando de la cena los lloros de una niña nos
sobresaltaron a todos. Mónica se había caído y golpeado con la boca contra el
bordillo de la acera, con lo aparatosos que son esos golpes… Una vez más la
coordinación del CAS impecable como todo el fin de semana, veo a Rosa entrar a
toda velocidad en la cocina y salir con una bolsa de hielo. En cuanto los papás de la niña, María y Javi, entran en
la sala con ella en brazos, les entrega la bolsa y se meten en el baño. Se
levanta Ramiro para ver a la niña, parece que al final solo va a ser un susto,
así lo confirman los papás ya mucho más tranquilos después de dejar a Mónica
durmiendo, ya puede seguir la fiesta.
El domingo comida
de despedida, no nos podíamos marchar sin tomar una buena “fabada asturiana”, y
un buen “rabu de buey”, abrazos y vuelta con un sabor de boca inmejorable, eso
sí pensando ya en el próximo evento.
¡Muchas gracias a
toda la familia del CAS Montaña!





